
El Dalai Lama ha construído muy bien una imagen clara y contudente en los ultimos 20 años. A eso se dedicó; desde aquella canción de Mecano, que le anunciaba como “nacido de un dios”, ha hecho sus deberes un poco como “lider” del budismo, otro como referente moral y espiritual en pleno auge del new age en occidente, casi siempre como jefe de estado no reconocido, y dejando verse como símbolo de la causa del débil frente a la poderosa China.
Bush es el símbolo del final y el comienzo de una era: lo que presagió Argentina con aquel presidente parecido a un fantoche, intuitivo y arrogante, basico y amoral, él lo consagró corregido y aumentado 10 años después, arrastrando al “mundo rico” por el lodo de la poca verguenza que -nos- quedaba.
Y entonces, digo yo, estos dos: ¿de que hablan?
O lo que es más intrigante aún: ¿de qué se rien?







China consumió en 2006 un 15 por ciento de la energía del planeta para producir un 5,5 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) global, una situación insostenible en palabras de un viceprimer ministro chino reproducidas hoy por el diario China Daily.
